Diario de Noa

Siendo muy joven, mi papá perdió su negocio de zapatería y se mudó a Zavaleta. A partir de ese momento, como mencioné antes, mi papá, un hombre amable y generoso, me crió con principios firmes. Crecí entre niños y fiestas que él organizaba para que la familia que nos rodeaba pudiera comer de vez en cuando. A medida que fui creciendo, mi papá solía regalar mi ropa a los vecinos del barrio. Recuerdo algunas anécdotas sobre cómo me inculcó varios valores durante esa época. Mientras tanto, mi mamá seguía probando suerte por dondequiera que iba.

A principios de los años 2000, cuando tenía apenas siete años, mi mayor sueño era jugar. No tenía más preocupaciones que inventar historias con muñecas o corretear con otros chicos del barrio. Pero el mundo de los adultos era distinto, mucho más duro. Mis padres estaban separados y la verdad es que nunca los vi juntos como pareja. Hasta donde recuerdo, fueron dos caminos paralelos con distintas formas de afrontar la vida.

Mi mamá era una guerrera. Siempre buscaba maneras de salir adelante, de superar los golpes que nos daba la vida en Argentina. En ese entonces, el corralito era el gran enemigo. Los ahorros de toda una vida estaban congelados y en las calles resonaban los cacerolazos, el grito desesperado de un pueblo que reclamaba recuperar lo que le pertenecía por derecho. Mamá hizo todo lo posible para mantenernos a flote. Nos mudábamos de casa constantemente, saltando de un rincón a otro de la capital. Ella se negaba a conformarse con una vida conformista o precaria; buscaba algo mejor para los dos, aunque eso implicara estar siempre en movimiento.

Mi papá, en cambio, eligió quedarse en la Villa 21. Nunca lo juzgué, aunque de pequeña no entendí del todo su elección. Para él, la villa era su casa, su refugio en medio del caos. Lo visitaba y aprendí a amar ese espacio lleno de contradicciones: pobreza y solidaridad, escasez y risas. Era otro mundo, pero también era parte de mi mundo.

Mientras mamá luchaba por construir un futuro mejor, yo crecí en medio de cambios constantes y emociones encontradas. Cada nueva casa significaba volver a empezar: nuevos amigos, nuevas calles, nuevas escuelas. Pero también significaba aprender a adaptarnos, a mirar siempre hacia adelante, como ella lo hacía. Los cacerolazos eran el telón de fondo de nuestras vidas, y aunque no entendía del todo lo que estaba pasando, sabía que el repiqueteo de las cacerolas simbolizaba bronca, resistencia y esperanza.

Hoy, mirando hacia atrás, me doy cuenta de que esa etapa de mi vida me marcó de maneras que no imaginaba. Aprendí lo que significa luchar, lo que significa resistir y lo que significa seguir soñando, incluso cuando todo parece desmoronarse. Y aprendí que, aunque los caminos de mis padres fueron diferentes, ambos hicieron lo que pudieron con lo que tenían para darme lo mejor que podían ofrecer.

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Mi Historia y Mi Raíz